sábado, 19 de septiembre de 2009

Yacamayacama

Mi abuela me dejó una herencia que todavía no me he atrevido ni podido agradecerle.
Aún escribiendo estas lineas me cuesta hablar de ella.

La nombro y para mí no se ha ido. Me gustaría comunicarme con ella como fuera una persona omnisciente que desde arriba me sonríe y se siente orgullosa de mí…pero no puedo. Es como si siguiera en su habitación y yo sólo fuera la nieta desagradecida que vive con un gato.

Los recuerdos que siempre me vienen a la cabeza son su olor y su risa. Esa habitación donde la recuerdo es fría y huele a leche con galletas. Nunca olió a vieja a pesar de que tenía sus 89. Olía rico a galletas, a miel, a casa, a cariño y a azúcar.

Con los ronquidos de mi padre de fondo, yo me deslizaba de puntillas de mi cama a la suya y cuando abría la puerta de su cuarto mis miedos se desvanecían. Lentamente me colaba a un lado suyo procurando no despertarla y sin embargo, juraría que sonreía fugazmente cuando me sentía llegar.
Las palabras encadenadas y las risas. De eso sí me acuerdo. De la yaya por las noches. Como aquella que se despertó para ir al baño de madrugada y yo le dije que me quemaban los pies y me sentía con fiebre. Ella volvió con el barreño de la ropa sucia lleno de agua fría y en penumbra se puso a enjuagarme los pies y a besarlos, Nadie me ha hecho sentir tan mimada y querida como me sentí entonces.

De sus historias de Canarias que yo le pedía que me repitiera antes de dormir hasta que se ponía triste de verdad. De los idiomas “secretos” que sabía añadiendo palabras a las sílabas y que luego usábamos a veces, haciendo rabiar a mi madre que no se enteraba. Me hacía sentir tan especial…y ahora aunque no esté aquí sigo sintiéndome así por todo lo que me enseñó. Eso sí es un tesoro.

El día que murió, en su cama, sobre la misma almohada y en el mismo cuarto del que guardo esos recuerdos de felicidad, creía que me iba a impresionar entrar allí y verla sin vida. Pero no fue así. Cuando volví la puerta (esa puerta siempre teníamos que entornarla, nunca la quería cerrada) no encontré a mi abuela muerta, encontré un cuerpo y una habitación vacíos de toda vida. Ya no olía a galletas ni a crema de manos ni a alcanfor ni a rosas. Se lo llevó todo. Y no se a dónde coño ir para recordarlo y pedirle perdón por ser tan desagradecida. Para decirle que era la mejor y que me siento afortunada de que me haya criado.

Para decirle que el mejor piropo es que alguien piense que me parezco a ella.

2 comentarios:

El Abogado Chalado dijo...

Esquemetoycomo muyquimi orcomogucumullocomosocomo dequeme serqueme tucumu herquememacamanocomo.
Ismael

Juan Antonio dijo...

Yo creo que puedes estar tranquila, tu queridisima abuela ya te ha oido..... un cordial majaaa....